Duele ver cómo, por no comprender o no querer entender, juzgan con miradas, silencios y actitudes que hieren más de lo que imaginan. Nuestros hijos no están fallando ni haciendo daño. Simplemente aman, piensan y reaccionan de la forma en que sienten y pueden. Excluirlos o criticarlos duele, y no solo a ellos, también a nosotros como padres. La indiferencia, especialmente cuando viene de adultos, lastima y deja marcas profundas.
He aprendido que protegerlos no es endurecerlos, sino sostenerlos con amor, presencia y límites claros. También entendí que no siempre podemos tenerlos dentro de una burbuja, porque en el futuro tendrán que enfrentar el mundo. Por eso, permitirles expresar cuando algo les asusta, les duele o les incomoda es una de las formas más grandes de amarlos, comprenderlos y estar realmente ahí para ellos.
Es importante enseñarles a poner límites cuando sea necesario y a reconocer en qué momentos hacerlo. Darles respuestas simples y firmes les permite defenderse sin miedo. No dejarlos solos cuando no se sienten cómodos. Hablar siempre, aunque sea incómodo, usando frases cortas y claras, porque el silencio no protege; acompañar, explicar y ayudarles a entender el porqué sí lo hace.
Fortalecer su autoestima con amor, palabras bonitas y recordándoles que sí pueden. Educar con amor es enseñar respeto, empatía y amor hacia los demás. Buscar apoyo profesional, como doctores o especialistas, también es parte del camino, para atravesar el dolor emocional y aprender cómo ayudarlos de la mejor manera.
Estar al lado de nuestros hijos, entenderlos y amarlos tal como son, recordando siempre que nuestros niños no necesitan cambiar para hacer sentir mejor a los demás. Siendo ellos mismos, ya son suficientes, valiosos y perfectos tal como son. 💙

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