Las terapias han sido una bendición en el proceso de mi hijo. Cada una de ellas ha representado un paso más hacia su desarrollo, su independencia y, sobre todo, su bienestar. Quiero compartir cómo fue nuestro recorrido desde el inicio porque sé que muchas familias, como la mía, están en busca de orientación, esperanza y motivación.
El comienzo del camino terapéutico
Desde antes del diagnóstico oficial, ya habíamos iniciado las gestiones para las terapias. Una terapeuta de ABA (Análisis de Conducta Aplicado) se comunicó conmigo, me orientó sobre los pasos a seguir y me ayudó a reunir la documentación necesaria. Poco a poco fueron llegando las demás terapias: de lenguaje, ocupacional y conductual.
Sí, el papeleo tomó tiempo, pero cada minuto de espera valió la pena.
La terapia de lenguaje: las primeras palabras
Comenzamos con la terapia del habla, y fue una experiencia maravillosa. Me sorprendió la paciencia, el amor y la dedicación con que las terapeutas trataban a mi hijo. Celebraban cada pequeño logro con alegría, y eso me llenaba el corazón.
Al principio lo llevábamos a un centro local, pero más adelante decidimos hacer las sesiones en casa, para que él se sintiera más cómodo. Con el tiempo, empezamos a notar avances:
- Comenzó a pronunciar palabras.
- Aprendió a pedir agua o jugo con frases simples como “mamá, quiero agua”.
- Empezó a expresar lo que deseaba, aunque aún no pueda mantener una conversación larga.
Hasta hoy sigue aprendiendo a comunicarse mejor, y cada palabra nueva es una victoria.
La terapia ABA: aprendiendo a comportarse y comunicarse
La terapia ABA o de comportamiento también ha sido clave. Antes, mi hijo solía morderse o empujar a otros niños mientras jugaba, pensando que era algo divertido. A través de las sesiones, fue aprendiendo a reconocer límites y expresar emociones de forma más adecuada.
Usamos frases sencillas como “ready hands” (manos listas) o “safe hands” (manos seguras) para enseñarle a controlar impulsos. Ahora entiende que puede saludar o jugar sin lastimar a los demás. Los cambios no fueron inmediatos, pero cada pequeño avance ha sido motivo de orgullo.
El entrenamiento para ir al baño: un gran desafío
Otra etapa importante fue el entrenamiento para dejar el pañal, un proceso que nos tomó alrededor de un año. Al principio lo llevábamos al baño cada media hora sin quitarle el pañal, solo para que se familiarizara con el lugar. Luego empezamos a usar calzoncillos, y aunque hubo accidentes, nunca dejamos de intentarlo.
Su hermanito, que en ese momento tenía un año, quería imitarlo y también “hacer pipí” con él. Fue hermoso verlos compartir ese aprendizaje.
Hubo momentos difíciles: accidentes, juegos con el pañal o el calzón, y mucha frustración. Pero con paciencia y redirección constante, enseñándole que debía avisar y decir “quiero ir al baño”, logramos que empezara a avisar por sí mismo.
Aún estamos trabajando en que aprenda a limpiarse y lavarse las manos solo, pero el progreso es evidente.
Celebrar los pequeños logros
Cada paso, por más pequeño que parezca, es un gran logro. Cada palabra nueva, cada día sin accidentes, cada abrazo espontáneo… son momentos que llenan el alma.
Es importante celebrar con ellos, motivarlos y reconocer su esfuerzo. Para un niño dentro del espectro, cada avance es fruto de trabajo, amor y constancia.
En el próximo blog les contaré más sobre cómo hemos trabajado en otras áreas, como la alimentación y los miedos que aún estamos enfrentando.
Porque cada pequeño progreso, es un motivo de celebración.

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